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Ago
12

Baños que son un juego peligroso

[Esta és una informació publicada al diari Las Provincias el 23-7-12]

Cientos de valencianos acuden cada día a las más de 30 zonas de baño que están prohibidas en la Comunitat

El calor aprieta. Se abraza como una manta de alpaca y no te suelta hasta bien entrada la noche. Un día tras otro, las jornadas son sofocantes en los pueblos del interior de la Comunitat. La solución suele ser húmeda. Los privilegiados con chalé y piscina lo tienen fácil. El resto se tiene que buscar la vida. Y en muchos municipios, desde que alcanza la memoria, generaciones y generaciones de vecinos se han ido al río más cercano y se han pegado un chapuzón.

La tradición y las leyes no siempre avanzan por el mismo camino. La responsabilidad de lo que suceda durante estos baños en ríos, acequias y embalses es de la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ), que sólo concede, año tras año, unas pocas autorizaciones. Una en cada provincia de la Comunitat: el río Mijares a su paso por Montanejos, en Castellón; los Gorgos de Anna, en Valencia, y las pozas o ‘tolls’ de l’Algar, en Alicante. Sólo allí está autorizado el baño, pero no hay más que hacer un pequeña ruta por la Comunitat para descubrir muchos rincones más repletos de bañistas.
La CHJ no quiso explicar a este periódico por qué mira hacia otro lado en esas más de veinte zonas de baño de interior carentes de autorización. No es un despiste. Todos los pueblos saben que existen esos rincones y que la gente acude allí a refrescarse. En algunas de ellas, los Ayuntamientos, aprovechando la laxitud de la confederación, hasta obliga al visitante a rascarse el bolsillo. La excusa es el acondicionamiento del paisaje. «Si luego se bañan, ya es responsabilidad de la gente», se oye de norte a sur.
El problema es que un río no es una piscina. Muchos de esos recovecos, por más que lleven décadas recibiendo bañistas, son peligrosos. La historia tiene su nómina de víctimas. Muertes y parálisis. Gente que, como los que acuden este verano a diario a ríos y acequias, piensa que el agua no entraña ningún riesgo.
La competencia de la CHJ acarrea una segunda obligación: el control de la calidad de las aguas de interior (en las playas corresponde a la Conselleria de Agricultura). Desde Ecologistas en Acción, que lleva varios años realizando un análisis de ámbito nacional de las zonas de baño de interior -Informe de aguas de baño continentales-, defienden la teoría de que es más fácil, y cómodo, eliminar los permisos de baño, y las responsabilidades civiles y medioambientales que conllevan, que preocuparse de aguas y bañistas.
Ecologistas en Acción denuncia que las autoridades hicieron «descatalogaciones masivas» tras la aparición de las nuevas directrices europeas que exigen «unos mínimos niveles ecológicos en los ecosistemas acuáticos». Esta asociación encuentra tres consecuencias básicas en la descatalogación: una vida administrativa más tranquila; menos zonas de baño con aguas claras y limpias, y mayor riesgo para los bañistas.

Saltos peligrosos

Muchos de ellos acuden a los ríos en busca de diversión, emociones al límite de la sensatez. Algunos de estos lugares contienen puntos elevados -puentes o riscos- con un gran poder de atracción sobre adolescentes osados e irresponsables. Desde allí se lanzan, a veces con insólitas piruetas, sobre vados de ínfima profundidad. La presa de Manises, la Acequia Real del Júcar, muy próxima al Azud de Antella, o el río Sellent a su paso por Bolbaite son sólo algunos de los sitios en los que chicos temerarios se lanzan desde el punto más arriesgado: un puente, una tubería que cruza o desde los alto de un peñasco.
Los responsables del Parque Natural del Turia se escudan en que es imposible tener bajo control sus casi 5.000 hectáreas. La aparición cada verano de jóvenes incautos ha obligado a colocar algunas vallas, más disuasorias que protectoras, que no son más que un pequeño obstáculo en su propósito. Todos los días se acerca algún grupo al puente de madera, goloso reclamo de los más temerarios que, incluso en su primera visita, se aventuran a zambullirse en el agua, escasa, desde allí arriba. «Mejor poneros en este lado, que en el otro no hay casi agua», le explica un grupo experto a otro que acababa de llegar por vez primera.
Nadie vigila, nadie prohíbe, nadie asiste en caso de accidente. Los chavales que saltan desde el puente son unos inconscientes, pero nadie acude a impedir sus piruetas. Y así es desde hace años. Un verano tras otro salpicados de noticias tristes, vidas arruinadas por un mal salto, por un baño convertido en desgracia.

Prohibiciones ignoradas

La temporada de baño en la Comunitat Valenciana empezó el pasado 1 de junio, y como cada año los ríos se convierten en un atractivo cercano y económico para los valencianos de municipios de interior. Se trata de zonas en las que, por lo general, no se permite el baño. La típica señal de seguridad de ‘Prohibido bañarse’ cuelga de algún rincón de la zona aunque sin ningún efecto para los visitantes que hacen caso omiso de la prohibición. A medida que se acerca el verano y el termómetro alcanza su máxima, una multitud provista de bañador, toallas, bronceador y neveras abarrotadas de refrescos se aglutina en las orillas de estos ríos. Todo parece divertido hasta que el chapuzón se convierte en una actividad de riesgo.
Los vecinos coinciden en la importancia de «conocer el río y respetarlo, ya que el cauce no es dócil como algunos piensan». Pero las imprudencias se repiten cada año y muestra de ello es el Azud de Antella. Aquí, al peligro de la naturaleza del río, se añaden la presa y las fuertes corrientes. Jóvenes de entre 14 y 25 años frecuentan cada verano el baño en la Acequia Real del Júcar, próxima al Azud de Antella. Unos se lanzan al fondo de la acequia desde el muro. La profundidad no rebasa el medio metro, por lo que la fuerte corriente les exime de que se partan la cabeza en dos contra el fondo de la acequia.
Otros se amarran a una cuerda colgada de una tubería al otro lado de las compuertas. Cuando ya no pueden aguantar más, se sueltan y se dejan arrastrar por el torrente del cauce durante varios metros. La Policía Local asegura que las cuerdas se cortan cada verano, pero que los propios chavales las vuelven a atar. Uno de los jóvenes que realiza esta actividad, Iván, un vecino de Antella de 20 años, asegura que «no han sido nunca sancionados», sólo de vez en cuando han recibido «toques de atención por parte de la Policía Local de la zona».
A unos pocos metros de los chavales, una agente de la Policía Local hace caso omiso de la gamberrada y se limita a rellenar multas. En la Acequia Real se pueden ver los carteles de seguridad, pero ni la Policía Local de Antella ni la Confederación Hidrográfica del Júcar (CHJ) intervienen para evitar que, como cada año, la escena se repita. La batalla de responsabilidades sigue su curso. El Jefe de la Policía Local de Antella, José Carlos Mas, lamenta que sólo pueden «advertir que la zona es peligrosa y resolver conflictos frecuentes, como peleas, pero no prohibir el baño».
El alcalde, Gustavo Monteagudo, afirma que no es su competencia emitir sanciones. «No podemos autorizar ni desautorizar el baño, esa potestad la tiene la CHJ», explica el edil. El problema no sólo deriva de la regulación del baño, sino también del mantenimiento. De martes a viernes los servicios de recogida de basura del Ayuntamiento recogen entre 3.000 y 4.000 litros de residuos. «El año pasado sólo en la temporada estival los gastos totales de mantenimiento ascendieron a 65.000 euros».
Algunos ayuntamientos como el de Bolbaite, en el curso del río Sellent, subsana estos gastos con el cobro de dos euros por persona los fines de semana. «El Ayuntamiento se encarga de limpiar el cauce del río, la maleza y la basura que dejan los visitantes, ya que la CHJ no se encarga de realizar estos trabajos», explica la alcaldesa de la localidad, Pràxedes Palop. Muchos vecinos, los que acuden a darse un chapuzón más a menudo, evitan el pago yéndose a una zona un poco más alejada.

Sin responsables

El río Sellent es tranquilo, a modo de una piscina natural. Paco, vecino de Bolbaite, de 55 años, asegura que lleva «50 años bañándose en el río y no hay peligro». Los vecinos alaban el paraje y alegan que el problema «deriva de la imprudencia de los más jóvenes que se dejan caer desde las rocas hacia el río». En esta localidad tampoco se aplican sanciones pese al cartel.
La alcaldesa admite que se han ahogado «varias personas pero que la responsabilidad corre a cargo de cada uno». En la ‘Playeta’ de Sumacárcer se paga por el aparcamiento. Nada anecdótico. Seis euros por coche y día. Se trata de una zona recreativa, con aparcamiento en la zona exterior, columpios, toboganes, papeleras y gimnasio al aire libre, pero la atracción principal es el río Júcar.
El alcalde, Txema Peláez, coincide con la anterior alcaldesa. «No hay autorizaciones para el baño, pero desde el Ayuntamiento la responsabilidad queda cedida a los bañistas». En el Clot del Negre de Cotes sucede algo similar. Un paraje de chopos, acondicionado con paellero y merendero donde los bañistas se tiran desde las rocas hasta un hoyo de dos metros y medio. Sin embargo, el Clot no dispone de cartel de aviso de seguridad. En este caso, el primer teniente de alcalde de Cotes, José Gabriel Soler, asegura haber recibido un comunicado de la CHJ la pasada semana en la que se indicaba que o se prohibía el baño en el Clot o se implantaban medidas de seguridad.
«No podemos poner un socorrista en el río, por lo que lo más probable es que en el pleno del próximo jueves se plantee la colocación de placas para prohibir el baño, de modo que el ayuntamiento se desentiende de cualquier suceso». Por lo que no se trata más que de avisos a través de los cuales los consistorios se desentienden de cualquier percance. El debate sobre responsabilidades sigue abierto.
El problema, se deduce, no es que alguien pueda perder la vida o terminar sentado en una silla de ruedas. Lo que verdaderamente preocupa es que alguien pueda señalarte con el dedo índice y exigirte responsabilidades. Todo queda en manos del juicio, mayor o menor, de cada uno. El tiempo, como la corriente de un río, se acaba llevando los infortunios. Los sucesos de Manises (murió un joven de 26 años al intentar salvar a un niño), Castellón (un hombre falleció en el pantano del Regajo), Navarrés (perdió la vida un catalán que saltó desde una altura de 50 metros en la presa de escalona), Orihuela (un niño murió al intentar socorrer a su hermano, que jugaba en una balsa de riego) o Nules (un niño de dos años perece atrapado en una acequia de riego) caen en el olvido de la gente que vuelve a los ríos. Las familias afectadas, en cambio, no lo olvidarán jamás.

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